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Las mujeres del Sur
charla en la Asociacion de Vecinos/as de Ermitagaña
1.- Introducción:
Uno de los principales obstáculos que han encontrado las mujeres en su lucha por alcanzar condiciones de igualdad en todas las esferas de la sociedad, ha sido la falta de reconocimiento del papel y de la importancia de las funciones que desempeñan. Es lo que se ha llamado la "invisibilidad" del trabajo femenino. Invisibilidad relativa, ya que resulta bien patente el esfuerzo y dedicación de las mujeres en múltipleas tareas tanto domésticas, como reproductivas, sin dejar de lado su papel en la comunidad y en la producción. Propiamente más que hablar de invisibilidad sería más correcto hablar de falta de valoración de esas tareas, que se manifiesta patentemente en la inexistencia o insuficiencia de estadísticas que recojan su aportación.
Cada año se esfuma de la economía mundial la asombrosa cifra de 11 billones de dólares, correpondientes al valor de la contribución no monetarizada e "invisible" de las mujeres.
Tal vez pueda decirse que este desprecio o indiferencia, hacia las labores desempeñadas por la mujer ha sido uno de los factores que más ha incidido en mantener la situación de discriminación y de falta de oportunidades que padecen. Y sin embargo nada más alejado de la realidad que la imagen de las mujeres como agentes secundarios o inoperantes de la sociedad. Estereotipo que si en todas los casos resulta falso, resulta especialmente hiriente cuando se refiere a las mujeres que viven en los sectores rurales de los países en desarrollo.
Si se quiere avanzar en la superación de la discriminación de la mujer, el primer paso es conocer su situación y a partir de ella diseñar las medidas adecuadas para atajarla.
Eso es lo que pretendo con esta charla de hoy, acercar a las personas interesadas la realidad de la mujer en los países en desarrollo, o del Sur, como el título que da nombre a esta charla.
De las leyes a la vida cotidiana hay con frecuencia el mismo trecho que del dicho al hecho, y así, aunque la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer de 1.979 ha sido ratificada por 161 países, la igualdad no es real en muchos ni siquiera en el terreno jurídico. La propia ONU es en ocasiones "comprensiva" con leyes discriminatorias. En mayor del 98 firmó con el régimen taliban un Memorandum en el que aceptaba que el acceso de las mujeres a la sanidad y la educación sea en " concordancia con las leyes islámicas y la cultura afgana". En la práctica, esto significa, según la interpretación integrista que del Islam hacen los taliban - muy alejada de otras colectividades de esta religión- que los varones tienen la prioridad en estos terrenos.
El derecho escrito tiene poco que hacer en sociedades poco plurales, en las que es sustituido por por ese auténtico derecho consuetudinario que son los atavismos y las inveteradas costumbres sociales. Por eso para combatir la desigualdad que sufren algunos grupos, como las mujeres, no sólo son imprecindibles normas legales que garanticen la igualdad, sino que se opongan expresamente a la discriminación bajo cualquier rostro.
Otras veces la regulación viene dictada por instituciones sociales de origen cultural y religioso. En algunas zonas del mundo islámico está prohibido que la mujer salga de casa si no va acompañada de un hombre. Y en nuestro país, la ley no escrita que impedía la presencia de mujeres, solas o en grupo, en lugares públicos de esparcimiento forma parte aún de la memoria de muchas mujeres; en algunas zonas, incluso sigue vigente. Por supuesto, no hay sanción legal, pero la censura social tiene barrotes muy gruesos.
FEMINIZACION DE LA POBREZA
Investigaciones auspiciadas por la ONU en el decenio de la Mujer ( 1.975 - 1.985) pusieron de relieve el fenómeno de la creciente feminización de la pobreza, recién formulado entonces, casi el 70 % de los más pobres del mundo son mujeres.
Diez años más tarde, el PNUD dedicó su Informe sobre Desarrollo Humano a la situación de las desigualdades de género y el panorama es desalentador: "La pobreza, afirma el PNUD tiene rostro de mujer": de los 1.300 millones de personas que viven en la pobreza absoluta la mayoría son mujeres.
La creciente pobreza de las mujeres se atribuye a su desigual situación en el mercado laboral, la forma en que se la trata en el sistema de bienestar social y su condición y falta de poder en la familia. Entre 1.970 y 1.990, la alfabetización y escolarización de las mujeres se incrementó en 2/3 en el mismo período de tiempo, la cuota femenina en el mercado laboral sólo aumentó en 4 puntos, del 36 % al 40 %. Esto significa que la educación juega un papel muy importante, pero no suficiente: es imprescindible que las mujeres tomen el poder sobre sí mismas, la capacidad de decidir sobre sus vidas. Y esto son garantías legales, hábitos sociales y dinero.
Las mujeres se encuentran en una situación de triple desventaja debido a factores socioculturales, políticas macroeconómicas y estrategias de desarrollo que se entrecruzan y hacen que la mujer padezca:
· como población pobre: viven las mismas duras condciones que sus compañeros varones;
· como mujeres; sufren el prejuicio y el sesgo de las políticas que infravaloran su contribución al desarrollo y les impiden aumentar la productividad de su trabajo;
· como cabezas del hogar: tienen que llevar adelante todo el peso del hogar y de la producción con muy poco apoyo.
Además de estas tres dimensiones, las mujeres están excluidas de participar en la toma de decisiones.
CONTRIBUCION DE LAS MUJERES RURALES AL DESARROLLO ECONOMICO
Las mujeres rurales contribuyen al desarrollo socioeconómico de tres maneras principales:
1. a través de su pertenencia a la comunidad y a la nación: son fuente de trabajo; producen tanto bienes para el mercado como para el autoconsumo; son fuente de ahorro y de acumulación.
2. A nivel del hogar: se encargan del cuidado de los alimentos y de la energía; hacen el trabajo doméstico; y la seguridad de los ancianos depende de ellas.
3. Por medio de las generaciones futuras: cuidan de los niños, así como de su educación básica y de su proceso de socialización; transmiten las tradiciones familiares.
Para tener en cuenta el papel económico que desempeñan las mujeres rurales, hay que partir del hecho de que ellas son las principales productoras de alimentos en los países en desarrollo y generan una parte importante de los ingresos monetarios de la familia. La mejora de la nutrición y en la seguridad alimentaria de los hogares, en muchos casos, guarda relación con el acceso de las mujeres a la renta y su papel en las decisiones en el hogar.
Generalmente, se subestima la contribución de las mujeres a la economía. Las actividades no retribuidas que las mujeres realizan en el hogar y en la agricultura suponen una contribución vital para la economía de los hogares rurales pobres en los países en desarrollo. Cuanto más pobres son los hogares y el país, más horas trabajan las mujeres y mayores son sus contribuciones a la economías y al bienestar de la familia. Sin embargo, las actividades domésticas como cocinar, cuidar de los niños y niñas, recoger agua y leña, etc. no se incluyen en las estadísticas oficiales que miden la producción agrícola y económica.
El modelo de economía doméstica utilizado normalmente se basa en el matrimonio y otros miembros de la familia que trabajan y participan conjuntamente en la unidad doméstica. El marido o padre es considerado como gestor de los recursos en nombre de la unidad doméstica, las aportaciones a la explotación agrícola se canalizan a través de él mientras que los demás miembros se consideran como "dependientes" de él y, por tanto, la aportación de éstos últimos en términos de trabajo se realiza bajo la dirección del primero. El uso generalizado de este modelo ha creado infinitos conflictos y problemas.
Algunas veces los conflictos causados por el uso de este modelo conyugal erróneo ponen en peligro el éxito global de un proyecto de desarrollo. Por ejemplo, en el sur de la India, se introdujo la tecnología del riego para la producción del té; y eran los hombres los que recibieron las enseñanzas de cómo hacerlo. Durante años, habían sido las mujeres las que desempeñaban esos trabajos, obteniendo salarios en las grandes plantaciones, pero con la llegada del riego los hombres se quedaron con los puestos de trabajo de las mujeres. El resultado fue que aumentaron los ingresos de los hombres. Al tiempo se dieron cuenta que los niños habían comenzado a sufrir una malnutrición creciente. ¿Qué relación había entre estos dos hechos? La respuesta es que las mujeres habían perdido su fuente de ingresos y, en esa zona, era responsabilidad femenina conseguir fondos para comprar los alimentos mientras que el hombre los destina a otros usos. La mujer dejó de ganar el dinero pero seguía siendo responsable de alimentar a la familia. Al final, toda la familia sufría las consecuencias.
VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES
Entre los derechos que los amos tenían sobre sus esclavos, como posesiones suyas que eran, estaba la de ejercer la violencia. En estos tiempos, esto sigue sucediendo así, aunque algunas modalidades hayan cambiado. Unicef denuncia que raras veces se reconoce que la violencia contra las mujeres y las niñas, muchas de las cuales son sometidas a vejaciones desde la cuna a la tumba simplemente por haber nacido mujeres, es la violación más común de los derechos humanos en el mundo actual. Unicef hace asimismo una lista no exhaustiva de lo que ocurre en esta zona de sombra:
· Cerca de 60 millones de mujeres que deberían estar vivas han desaparecido debido a la discriminación de género, sobre todo en Asia occidental y meridional, China y Africa Septentrional.
· En EEUU, donde el número global de delitos violentos contra la mujer ha aumentado durante los dos últimos decenios, cada nueve segundos se produce una agresión física a una mujer por parte de su pareja. Sin mencionar los delitos sexuales fuera del hogar.
· En la India, cada año son asesinadas más de 5.000 mujeres porque los parientes de su marido consideran que su dote matrimonial es inadecuada. Sólo una ínfima proporción de los asesinos son juzgados.
· En algunos países de Oriente Medio y América Latina los maridos son exonerados por matar por motivos de honor a su mujer infiel, desobediente u obstinada.
· En los últimos años se ha comprobado el uso de la violación como arma de guerra en siete países, pero en realidad se trata de una práctica secular.
· Arrojar ácido a la cara de la mujer para desfigurarla es tan común en Bangladesh que su tratamiento legal tiene una sección propia en el código penal.
· Cada año unos dos millones de niñas, 6.000 al día, sufren mutilación genital, el equivalente femenino de lo que sería la amputación total o parcial del pene.
· En nuestro propio país es frecuente la violencia doméstica contra la mujer, una parte de la cual se refleja en los medios de comunicación. Cada año, decenas de mujeres mueren víctimas de este extraño código de "la maté porque era mía".
BEIJING
En teoría, la mujer nunca ha sido excluida del concepto de derechos humanos, de las Naciones Unidas. Sin embargo, varios factores han impedido la igualdad de la mujer en el disfrute de los derechos humanos. En primer lugar, de los derechos humanos se dice a menudo que son los derechos que todas las personas tienen, y todas por igual, en virtud de su misma condición humana. Pero la base de una condición humana común plantea un problema: da por sentadas una experiencia común y unas necesidades comunes. Este énfasis en el disfrute por la mujer de sus derechos humanos en virtud de su "identidad" con el hombre excluye la necesidad de que la mujer tenga unos derechos específicos, o de una aplicación específica de los derechos humanos, que tome en cuenta su diferencia biológica y la perspectiva de género del papel que desempeña en la sociedad.
Las mujeres son las víctimas invisibles de los años noventa, las masas sin rostro que componen el fondo de los lienzos que retratan el terror y las penalidades. La mayoría de las víctimas de la guerra son mujeres y niños; la mayoría de los refugiados y desplazados son mujeres y niños; la mayoría de los pobres del mundo son mujeres y niños. Y si las violaciones de los derechos humanos de las mujeres siguen rampantes es porque, en su mayor parte, permanecen ocultas.
La universalidad de los derechos humanos se está viendo socavada por algunos gobiernos que sostienen que éstos deben estar sujetos a los intereses de la seguridad nacional, la estrategia económica y las tradiciones locales. Cuando se trata de los derechos humanos de las mujeres, muchos gobiernos adoptan un punto de vista especialmente restrictivo.
Imaginemos un conjunto de personas sometidas regularmente a agresiones físicas, violación, servidumbre sexual, encarcelamiento arbitrario, tortura, abusos verbales, mutilación e incluso asesinato, todo ello por el simple hecho de haber nacido dentro de un grupo particular. Imaginemos además que sus sufrimientos se vean redoblados por la discrimación y humillación sistemáticas en el hogar y en el lugar de trabajo, en las aulas y en los tribunales de justicia, en el culto religioso y en el esparcimiento. Pocas personas negarían que este grupo ha sido seleccionado para ser objeto de graves violaciones de los derechos humanos. Este grupo existe. Sus miembros representan la mitad de la humanidad.
La discriminación de género, según Amnistia Internacional, es una enfermedad mortal. Las mujeres y niñas que mueren cada día como consecuencia de diversas formas de discriminación y violencia en razón de su sexo son más que las que mueren por cualquier otro tipo de abuso contra los derechos humanos. Todos los días, según UNICEF, muere más de un millón de niñas porque han nacido mujeres.
Año tras año, con cansina reiteración, el programa de naciones unidas para el desarrollo (PNUD) repite que en ninguna sociedad las mujeres tienen las mismas oportunidades que los hombres. La llamada discriminación de género significa, en resumidas cuentas, que del hecho de haber nacido hombre o mujer se derivan en nuestras sociedades una serie de condicionamientos, contar con más o menos oportunidades, que se abran o cierren puertas, etc. etc. etc. Es pues un factor de esclavitud, entendiendo por esclavitud no contar con poder de decisión sobre la propia vida; según la definición de la ONU: ser tratada como propiedad, de una u otra manera.
La situación se agrava cuando a éste se suman otros factores de discriminación, como la pobreza. Cuando se cruzan ambos, no sólo se suman: se produce una siniestra sinergia. Cuando se juntan con otros, la combinación da lugar a resultantes nefastas y perversas. No es igual, pongamos por caso, ser mujer blanca de clase elevada y con estudios superiores que negra, de un país del Sur, pobre y analfabeta.
AFRICA
Ahora vamos a ver y analizar la situación de las mujeres en los distintos continentes. Africa es el continente más agrario, más centado en las exportaciones agrícolas y menos comercializado que los demás continentes en desarrollo. Ha padecido también una recesión económica más prolongada y profunda. Se trat, además, de un continente de gran diversidad: desde los países septentrionales del Mediterráneo hasta las economías meridionales que viven en un estado de dependencia.
Los últimos veinte años, según el Consejo Mundial de la Alimentación, han evidenciado que Africa registra el más alto promedio mundial de crecimiento de la población junto con el crecimiento más lento de la producción alimentaria. El número de hambrientos ha aumentado en estos últimos 20 años de 92 millones a más de 140 millones. Así, al menos la mitad de la población come menos de lo que comía en 1.970.
Pero lo más sobrecogedor son las perspectivas para el futuro. Hoy día, el déficit de la producción de alimentos en Africa oscila en torno a los 10 millones de toneladas. Hacía el año 2.020 se calcula que este déficit aumentarán 245 millones de toneladas, poco más del volumen total de cereales que se comercializa anualmente en el mundo.
A nivel general, la crisis africana de insuficiencia de alimentos es, ante todo, la consecuencia de una crisis de producción que se prolonga ya desde hace más de dos decenios, aunque evidentemente, la situación se ve agravada por el problema de la distribución.
Para entender el motivo tenemos que considerar a los pequeños propietarios, que forman la médula de la producción de alimentos. Este sector ha sido completamente olvidado por los gobiernos y el sector comercial privado, a pesar de que en el área subsahariana el sector de pequeños agricultores represent más del 80 % de la tierra de cultivo.
A su vez dentro de este sector, la mujer rural representa un subgrupo de población particularmente subestimado. Ellas constituyen el foco no sólo de la autosuficiencia alimenticia doméstica, sino también del status nutritivo de la casa. Todos los estudios demuestran un claro predominio del trabajo femenino en la producción y transformación de alimentos, sobre todo en el Africa Subsahariana. Las mujeres africanas dedican la mitad de su tiempo a la producción de alimentos, y la otra mitad a tareas domésticas, con una jornada de 13 ó 14 horas al día.
En las sociedades económicas precoloniales de Africa la producción giraba esencialmente en torno a la subsistencia. Mantenían relaciones con el exterior bajo la forma de trueque. Estas relaciones se debían, la mayoría de las veces, a las mujeres que erran las encargadas de la producción de cereales.
Los derechos sobre la tierra y el ganado, y la posibilidad de su adquisición, estaban basadas en el parentesco, sea por nacimiento, por matrimonio o, incluso, por amistad. La tierra era colectiva e individual al mismo tiempo. La propiedad colectiva existía en el sentido de que un grupo tenía derecho de uso sobre la misma; y era individual en la medida en que cada familia tenía una idea bastante precisa del lugar donde se encontraban sus campos, granjas y pastos.
En la mayoría de las sociedades, el hombre heredaba la tierra de sus padres y la mujer tenía derecho de usufructo sobre las tierras pertenecientes a su padre o a otros parientes masculinos antes del matrimonio, y a la tierra del marido tras el mismo. Por otra parte, en los matrimonios polígamos, cada esposa poseía una porción de tierra que era repartida posteriormente entre los hijos. Este sistema era, en general, el de las sociedades con un distema económico mixto ( agricultura, ganadería), que es el más extendido en el Africa Oriental.
En las sociedades pastoriles que practicaban la agricultura, la mujer era la propietaria de sus tierras y de su producción: es el sistema en vigor entre los jie y los karamajob de Uganda.
En general, la división del trabajo en la agricultura, la ganadería y las actividades domésticas estaba basada en el sexo y la edad. Habitualmente, las mujeres y los niños se dedicaban a los trabajos agrícolas, mientras que los homnres adultos se dedicaban sobretodo, a la ganadería.
Así, en la medida, en que las sociedades precoloniales la condición de las mujeres en la producción era complementaria a la de los hombres, estaban protegidas por unos derechos reconocidos.
En este contexto, existían instituciones paralelas porque hombres y mujeres manejaban sus asuntos de forma separada. Por ejemplo, en el sudoeste de Nigeria había tribunales de mujres que imponían multas, y las mujeres eran las autoridades mercantiles que fijaban los precios. Las mujeres, como los hombres, participaban en la sociedad, alcanzando muchas veces posiciones de autoridad.
Tradicionalmente, los hijos, además de la ayuda que represenran en todo lo relacionado a las tareas agrícolas y de búsqueda de leña y agua, han sido uno de los lazos más importantes que tenían las mujeres con la sociedad, porque los hijos conferían a la mujer un status en la comunidad que legitimaba sus derechos sobre las tierras y el ganado.
La poligamía era un sistema de matrimonio extendido por toda el Africa precolonial, sobre todo el el Africa Oriental, y está asociada a los tipos de sociedades donde la agricultura es la base de subsistencia y donde las mujeres, aparte de las labores domésticas, aseguran una parte importante de las actividades agrícolas.
La poligamia tenía por meta agrandar las familias y permitía atender las necesidades de las poblaciones sedentarias. Por eello, podemos decir que tiene un carácter de explotación en la medida en que su significación económica residía en la "confiscación de trabajo de las mujeres" que aportaba prestigio y riqueza a los hombres que tenían varias esposas.
MUJER E ISLAM
En algunas comunidades musulmanas del Sahel, el trabajo agrícola femenino estaba en un segundo plano, porque las mujeres estaban sometidas a la "purdah" o reclusión doméstica. En estas sociedades, las mujeres se limitaban a cultivar el huerto y producir leche y huevos. Actualmente esta práctica cultural-religiosa se está modificando a causa de la pobreza, pero no ha quedado anulada del todo. Como respuesta a esta situación se ha ido produciendo una progresiva integración de otros miembros de la familia, como mujeres y niños, a actividades tales como cultivar vegetales en la huerta, criar aves o animales de corral, dentro de los límites de la propia casa.
Según el Islam, los hombres son los responsables de mantener a la mujer y a los hijos. Sin embargo, no prohibe a éstas emprender actividades lucrativas. Así muchas mujeres tienen sus propias fuentes de ingreso y, a menudo, sus familias dependen, en diferente grado, de las mismas. En Senegal, por el contrario, las mujeres están obligadas a contribuir al ingreso familiar.
Hoy día, vemos que en Egipto, en el delta del Nilo, aproximadamente el 40 % del ingreso de las pequeñas granjas dependía del trabajo femenino. En Yemen, se estima que el 70 % del trabajo agrícola lo realizan las mujeres.
PRIVATIZACION A FAVOR DE LOS HOMBRES
La administración colonial, basándose en el patriarcado europeo, implantó estructuras sociales y legaels con el fin de garantizar el control masculino de los recursos familiares ( tierra y dinero), claramente restrictivas para las mujeres en los diferentes ámbitos: legislación sobre la propiedad y herencia de la tierra, impuestos, sistemas de comercialización de cultivos, extensión agraria, acceso a créditos...
Estas políticas han continuado tras la independencia de estos países africanos, dando lugar a la privatización de buena parte de las tierras comunales como explotaciones familiares separadas. Los títulos de propiedad o arrendamiento han sido concedidos casi siempre a los hombres, reforzando, de esta manera, su control sobre la tierra, los insumos, el trabajo familiar y las ganancias derivadas de las mismas. Al mismo tiempo, el poder y los derechos de las mujeres se han visto debilitados en muchas zonas, al pasar de ser agricultoras independientes con derechos propios a cultivadoras en propiedades ajenas, dependiendo así de sus maridos o siendo relegadas a situaciones de marginalidad.
Los derechos consuetudinarios de usufructo de la tierra se han vuelto ahora mucho más inseguros, especialmente en el caso de las divorciadas y viudas, pues la asignación de las tierras depende de los hombres y el período de tenencia es de duración incierta. Todo esto les impide a las mujeres utilizar la tierra como garantía para pedir créditos, y les desincentiva para realizar trabajos de mejora en las tierras.
A todo esto hay que añadir otro factor importante como es la emigración laboral masculina que comenzó a principios del siglo 20, cuando se implantaron impuestos en dinero para forzar a los hombres a trabajar en la economía colonial ( minas, plantaciones, ferrocarriles, etc..), y que aumentó a partir de la segunda guerra mundial. Por su parte, el desarrollo capitalista de Sudáfrica, la del apartheid, que absorbió toda la mano de obra disponible de los países vecinos. Junto a este tipo de migración laboral, en las últimas décadas se ha desarrollado, de forma especial en la zona de Sahel, la llamada migración de la sequía, en la que los hombres migran a las ciudades en busca de ingresos, mientras las mujeres permanecen a cargo de las familias y las propiedades.
Este proceso ha influido en las relaciones de género en la medida en que, en primer lugar, ha disparado el número de mujeres que encabezan la familia y dirigen su economía con poco o nula ayuda masculina. Estas familias representan más de un quinto de todas las familias africanas, pero que llegan a suponer la mitad de las mismas en países como Kenia, Bostwana, Ghana y Sierra Leona. Además ha alterado la división sexual del trabajo y aumentado la carga laboral de la mujer. Por otro lado, no sólo se pierde la mano de obra masculina familiar, sino que pueden tener dificultades para recurrir a la contratación o intercambio de trabajo, porque estas funciones están controladas por los hombres.
ORGANIZACIONES DE MUJERES
Los tradicionales lazos de solidaridad han tenido un rol preponderante a la hora de hacer frente a las escaseces de alimento y de recursos y son una actividad muy común.
Así las mujeres yoruba montaron sus clubes sociales y asociaciones de ahorro rotativo que toman el nombre de "esusu" o las tontines en el Camerún, y que proporcionan la mayor fuente de crédito para las pequeñas comerciantes tanto del Africa Occidental como de algunas zonas de la oriental; las organizaciones de autoayuda que realizan actividades para mejorar las aldeas.. en un principio estas organizaciones se crearon más con el fin de buscar el beneficio de sus miembros que de desarrollo propiamente dicho. Sin embargo con el tiempo esta preocupación por el desarrollo ha ido tomando fuerza y se han ido orientando a proveer programas de formación, ahorro y crédito, así como la generación de ingresos.
Así han ido surgiendo sistemas crediticios informales de más fácil acceso para las mujeres, y que se llaman bancos móviles. Cada día estos bancos visitan a sus clientes en sus lugares de trabajo y recogen el dinero que sus clientes han decidido depositar en éstos. Estos bancos a su vez depositan este dinero en los bancos formales establecidos. Con este dinero el trabajador se hace autoasalariado, encontrándose a fin de mes con un salario que le permite disponeer de capital. La mayoría de sus clientes son mujeres y son conocidas por su dinamismo y eficiencia a la hora de devolver los préstamos.
La Country Women Association de Nigeria, fundada en 1.982 por mujeres rurales decidió crear su propio sistema de crédito. Esta iniciativa se basó en el hecho de que las mujeres rurales constituyen alrededor del 75 % de la fuerza de trabajo, son las menos beneficiadas por los sistemas de crédito gubernamentales por el hecho de ser, en su mayoría, analfabetas. El sistema crediticio comenzó con 24 mujeres y un fondo de 45 dólares aportado por ellas, en la actualidad son 24.000 personas y disponen de un fondo de 8 millones de dólares.
AMERICA LATINA Y CARIBE
En América Latina y el Caribe, el término de mujer rural abarca a una diversidad de mujeres que tienen en común un tipo y estilo de vida, la rural, que implica un hábitat dispersok, vinculación económica y social con la agricultura, pertenencia a una cultura rural o campesina y deficiente cobertura de servicios, lo que acentúa el aislamiento y los bajos niveles de educación y salud. Entre las mujeres rurales encontramos comerciantes, artesanas, jornaleras y campesinas, trabajadoras agroindustriales y en ocupaciones no agrícolas en la ciudad, y amas de casa todas. Existen además diferencias mayores que las ocupacionales entre las mujeres de cada región. Provienen de distintas etnias, economías agrarias y sistemas de cultivos, lo que incidencia en la división sexual del trabajo, la inserción en el mercado y la gama de ocupaciones a que tienen acceso.
Respecto a la etnia, cabe distinguir entre la campesina "criolla" de origen hispánico y mestizaje temprano, en zonas de división de heredades antiguas, y la campesina indígena, que vive en su comunidad de origen, sometida a procesos de culturales diferentes.
La campesina criolla de origen iberoamericano es el producto sincrético de mestizaje y de procesos de transculturación de cuatro siglos. Hereda, al igual que los miembros varones de su familia, la tradición agrícola hispánica y también la nativa, lo que se refleja en los sistemas agrícolas ( combinación de cultivos, técnicas de laboreo, manejo del ganado, riego y manejo de los recursos naturales) y las tradiciones culturales, reflejadas en hábitos alimentarios, roles genéricos y sociales, cultura y cosmovisión. La mujer criolla perteneciente a hogares pobres representa, aproximadamente 40 millones de mujeres, y constituyen dos tercios de los hogares rurales.
En general, ni la educación ni el trabajo han ofrecido a la mujer criolla posibilidades de cambio. Este se ha podido alcanzar a través de un "buen matrimonio", lo que es raro, porque los distintos estratos sociales tienen a casarse entre sí. En el sector campesino, una mujer, rara vez, maneja directamente un predio agrícola, salvo en los casos de mujeres jefas de familia, por ausencia o migración del jefe del hogar, o por tratarse de mujeres solas, sin unión legal ni consensual con un hombre.
Las mujeres campesinas indígenas respresentan unos 13 millones, concentradas en Bolivia, Perú, Ecuador, Guatemala y México. Entre ellas se pueden distinguir al menos 3 grupos: a) la campesina indígena de los valles y las sierra; b) la pastora del altiplano; y c)la indígena de organizaciones tribales. De las campesinas indígenas existe una mayor información, lo que permite tener cierto conocimiento de la división del trabajo y la relación de los roles en la pareja. Por ejemplo, es bastante más igualitaria, debido al pensamiento andino que no parcela ni jerarquiza y concibe la realidad formada por contrarios complementarios. En las sociedades andinas la jefatura del hogar suele ser de facto ejercida por las mujeres, dado el alto grado de ausentismo de los hombres por razones de trabajo, ya que se ven forzados a emigrar temporalmente a otros lugares del país o fuera de él. En estos casos la comunidad colabora en el cuidado de los niños y el diseño de las casas.
El contacto con el mundo exterior lo hace el hombre. Esto aisla y debilita la posición de la mujer, lo que la hace sentir inferior al hombre y muy desvalorizada frente a valores externos que chocan fuertemente con sus conductas ancestrales. Los elevados niveles de analfabetismo, la escasa instrucción y el monolingüismo atentan contra la participación de las mujeres indígenas en las sociedades nacionales. La interacción con los agentes externos, la sociedad nacional y el poder se realiza en castellano, y las familias privilegian al hombre en el acceso a la enseñanza. Todas estas circunstancias tienden a favorecer los roles masculinos en detrimento de los femeninos.
La familia campesina, unidad económica de producción agrícola y de reproducción biológica y social, moviliza a todos sus miembros, organizando los recursos productivos del predio y la fuerza laboral del grupo en lo que se llaman estrategias de sobrevivencia o de reproducción. Estas abarcan de hecho todos los aspectos de la vida: aplicación de pautas reproductivas ( edad de las uniones, número y espaciamiento de los hijos); acuerdo sobre el manejo de los ingresos; distribución de tareas; decisiones sobre migración de alguno de los miembros y otras. Desde esta perspectiva vamos a considerar a continuación las actividades de las mujeres criollas e indígenas en múltiples situaciones: las de trabajo doméstico, las de trabajo productivo agrícola de subsistencia, las de producción para el mercado y las de venta de fuerza de trabajo.
En cuanto al trabajo doméstico se refiere el debate feminista ha tenido una gran importancia. Entre otras cosas, porque hace referencia a la falta de reconocimiento social de una labor que no sólo produce biológicamente a la especie, sino que mantiene y repone cada día la fuerza de trabajo, labor que si no fuera realizada por las amas de casa tendría que pagarse en el mercado laboral. Se discute también el sentido económico que se da a los valores de los productos que se consumen en el hogar, y que produce la mujer, por oposición a los valores de cambio o de mercado, que se traducen en dinero y que tradicionalmente producían mayoritariamente los hombres. En este punto es donde verdaderamente radica la base de la discriminación de la mujer.
Las tareas que concretamente se consideraban comprendidas en el concepto de trabajo doméstico no incluyen solamente la preparación diaria de la comida, el cuidado de los hijos y enfermos, la crianza y la socialización primaria, el mantenimiento y confección de ropas y las tareas de limpieza; el concepto abarca además otros trabajos que, por hacerse en el ámbito del hogar, se consideran "labores de casa". Entre ellas se encuentran cuidar del ganado menor, ir a buscar agua y leña como combustible, preparar y mantener la huerta, limpiar semillas y granos, tranzar ajos y cebollas, trenzar y tejer fibras y hacer artesanía. Un trabajo que puede considerarse como ampliación del trabajo doméstico.
La intensidad de la participación de la mujer criolla en la agricultura depende no sólo de la estructura familiar y de clase social, sino también de la tradición cultural agrícola, el patrón de cultivos y la tecnología empleada. Así, en los cultivos de cereales de tradición europea, como el trigo, la cebada o el centeno, con uso de arado y animales de tiro, las mujeres participan menos. Se ha querido ver una relación entre la lejanía de los terrenos y la extensión de las siembras, lo que habría hecho difícil armonizar la participación de la mujer en la labranza con el cuidado de los hijos pequeños, reduciéndola a actividades principalmente hogareñas. Esta marginación de lo productivo directo habría provocado la pérdida de la consideración social del trabajo doméstico y, de paso, de la mujer misma.
Sus labores más frecuentes son aquellas que vienen a continuación de las siembras: en los deshierbes de chacras y en las cosechas a mano: quiebre del maíz, corte de porotos, recogida de papas, etc. Es decir, en labores manuales de las chacras y hortalizas que utilizan herramientas pequeñas y en cultivos de origen indígena. Está marginada del uso de herramientas grandes y del conocimiento de la maquinaria moderna. Los extensionistas las desplazan a un segundo plano, por lo que las dejan al margen del otorgamiento de créditos, de la capacitación y del acceso a la tierra.
Asimismo se aprecia la gran fuerza del peso cultural en el manejo de la ganaderia mayor, donde la mujer está excluida de las actividades de trashumancia, marcas, capas, vacunas y otras. En la crianza de vacunos trabaja en lechería y queserías. Su dominio está en el manejo de la ganadería menor y aves de corral.
A diferencia de las sociedades de tradición hispánica, en que, salvo situaciones de extrema pobreza, abandono o viudez, la participación de la mujer en la agricultura se limita a muy pocas tareas, los sistemas agropecuarios indígenas tales como el andino están concebidos como una actividad en que hombre y mujer se complementan. En algunos casos se han detectado que el 90 % de las mujeres participa directamente en las labores agropecuarias.
En la siembra, el hombre rotura y la mujer desterrona, echa la semilla y la cubre. Ambos riegan, deshierban, recogen la cosecha y la llevan hasta la "marka" o bodega. En algunas organizaciones tribales paraguayas se observa una división del trabajo en los cultivos itinerantes de las selvas tropicales basados en los sistemas de tala, quema y roza. El hombre se encarga del corte de los árboles, la quema y el trabajo de la tierra, así como de la siembra del maíz, arroz, tabaco y otros. La mujer es responsable de los cultivos de batata, maní, algodón e "yruku" (vegetal utilizado en el maquillaje del cuerpo). Juntos recolectan miel, cosen ropas, plantan porotos, mandioca y caña de azúcar, recolectan frutas silvestres, llevan cargas, cocinan y cuidan de los animales domésticos (cerdos, gallinas y patos), también participan juntos y en forma igualitaria en el cuidado y educación de los niños, en la vida religiosa, en las prácticas médicas y en la vida social institucionalizada.
La campesina criolla se considera a sí misma responsable del mantenimiento diario de la familia, y, antes de acudir al trabajo fuera del hogar prefiere ejecutar en su casa diversas actividades que le producen ingresos. Entre éstas se cuentan actividades derivadas del cuidado del ganado menor, la confección de artesanías, costuras, tejidos y la venta esporádica de servicios como labados de ropa, ayuda doméstica y cuidado de enfermos. Estas actividades se suman al trabajo doméstico diario y a la colaboración en los cultivos para el consumo familiar. Los ingresos generados por estas actividades son considerados por la mujer como propios, y los maneja para hacer frente a los gastos diarios de la casa y de la educación de los hijos. Generalmente son ingresos regulares, a diferencia de los ingresos del campesino, salvo el asalariado, y aseguran la alimentación de la familia.
La artesanía ha sido una actividad a la que se recurre tradicionalmente, en particular en las comunidades indígenas. Generalmente la producción artesanal se destina al mercado y genera una parte importante de los ingresos familiares. No se trata de una actividad estrictamente femenina, pero existe una especialización genérica según el tipo de artículos de la región y la costumbre. Las cerámicas y los bordados, hilados, tejidos son generalmente elaborados por mujeres.
Antes de la modernización de la agricultura, la mujer estaba presente en el trabajo asalariado y en las explotaciones campesinas. Trabajaba como jornalera, en áreas de pequeños o medios propietarios o bien como ordeñadora, cocinera o empleada doméstica en las haciendas. Los cambios en la agricultura, que trajeron consigo la expulsión de los trabajadores residentes, y el empobrecimiento de los campesinos por escasez de tierras y el escaso valor comercial de sus producciones, han provocado en las familias campesinas dos tipos de comportamiento: la venta de su fuerza de trabajo y la emigración. La primera solución es la emigración, ya que la mano de obra femenina siempre ha sido más barata que la del hombre.
También han existido proletarias rurales, peonas en las cosechas y mano de obra itinerante que se ha desplazado especialmente de una cosecha a otra. Se trata de mujeres que han perdido la condición de campesinas, de proletarias rurales aunque de ellas se sabe bien poco. El ejemplo más claro de asalariada agrícola se encuentra en las "volantes", que se ubican en Sao Paulo, en Brasil. Se trata de residentes urbanas, habitantes de la periferia de pequeñas ciudades, con experiencia en la vida rural y el trabajo agrícola como ayuda familiar no remunerada. El 75 % trabaja en el café y más de la mitad comenzaron su vida laboral a los 12 años. Son itinerantes y se desplazan según las necesidades de mano de obra. Cuando no hay trabajo agrícola se contratan como empleadas domésticas en la ciudad, y combinan el trabajo agrícola y urbano para tener continuidad en el salario a lo largo del año.
ASIA
Asia es el continente del gran salto adelante en materia de producción de alimentos. Actualmente se alimenta en la región a muchos millones de personas más que hace 10 años. Por primera vez en la historia han pasado a ser autosuficientes en el sector alimentario.
No obstante, la llamada Revolución Verde ha tenido lugar a costa de grandes perturbaciones sociales, que han afectado en particular a los secores más pobres de la población, sobre todo a las mujers.
Aunque la mujer ha llegado a ocupar cargos preeminentes en la vida política, el caso de Indira Gandhi en la India, Benazir Bhutto en Pakistán o la Premio Nobel de la Paz y dirigente de la oposición en Myanmar, Aung San Suu Kyi y aunque hay, además decenas de miles de mujeres altamente cualificadas en todos los sectores de la sociedad, millones de mujeres se encuentran en condiciones de extrema pobreza, en muchos casos explotadas, e incluso oprimidas, por las sociedades en que viven.
La esperanza de vida de la mujer suele ser menor que la del hombre, su tasa de alfabetización es mucho más baja y su volumen de trabajo es considerablemente mayor. Aun así, hay muchos países y regiones donde no se registra esta tendencia. En Sri Lanka, en el estado Kerala en la India y en China, es evidente que la calidad de vida de las mujeres ha mejorado considerablemente pese a su más bajo nivel de ingresos. Por otra parte, en la mayoría de las economías de crecimiento rápido, es decir, Japón, Corea del Sur, Hong Kong,Taiwan y Singapur, ha mejorado la situación de la mujer en correlación con el aumento general de la prosperidad.
De hecho, la emancipación de la mujer en muchas sociedades se ha producido en contra de la costumbre, lo que demuestra cómo es posible el cambio una vez que las economías comienzan a crecer y las ideologías a modificarse, y se ponen finalmente en tela de juicio las actitudes tradicionales del hombre.
En China y Corea, la cultura de origen confuciano de la familia patriarcal mantuvo a las mujeres de las clases media y alta confinadas en el hogar. Sin embargo, el mismo sistema confuciano, al decretar el reparto de la herencia, le dio a la mujer la posibilidad de mejorar su situación, una vez que se produjeron otros cambios.
En China, los principios revolucionarios del partido comunista aceleraron el cambio y actualmente, aunque todavía no es de ningun modo igual al hombre, la mujer vive con oportunidades y en situación bastante diferente de la de su madre.
En Japón, por contraste, y aunque las mujeres siempre trabajaron en los campos y las creencias shinto y budista les favorecían, el sistema patriarcal de herencia basada en la primogenitura, junto con el código feudal de Bushido, las relegaba a las categorías más bajas de la escala social. La emancipación tardó más en llegar e incluso hoy en día, con todos los cambios ocurridos la mujer tropieza con dificultades, en las oportunidades económicas y educativas.
En Asia meridional, la mayoría de las mujeres siguen vivendo en los niveles más bajos del orden social. Tanto el hinduismo como algunas interpretaciones del islamismo consideran a la mujer subordinada e inferior al hombre. La antigua legislación de la India, el código de Manu, asignaba a la mujer independientemente de su casta o clase, una condición social equivalente a la categoría más baja de la sociedad y le prohibía heredad bienes.
A diferencia del hinduismo, el Islam otorgó derechos legales a las mujeres. Una mujer tenía derecho a que se le pidiera su consentimiento para el matrimonio, podía heredar bienes e incluso, en algunas circunstancias pedir el divorcio. No obstante, al mismo tiempo se le pedía que respetara la institución del "purdah", o reclusión doméstica de la mujer.
Pese a todos los intentos de reforma -como la ley del código hindú en la India, que concedía a la mujer derechos legales definidos, y la legislación musulmana relativa a la familia en el Pakistán y Bangladesh, que limitaba el derecho absoluto del hombre a la poligamia y al divorcio-, la situación de las mujeres en la vida real en Asia meridional han cambiado muy pocas cosas, por no decir casi ninguna. La historia reciente de Pakistán, independizada de los ingleses en 1.947, se caracteriza por una serie de hechos que la comunidad internacional no debería tolerar, hechos que se repiten con demasiada frecuencia y que tienen como protagonista principal a la mujer pakistaní.
Pakistán se caracteriza por una serie de costumbres y tradiciones en las que la mujer goza de un gran protagonismo. Una sospecha, un rumor, un gesto, una palabra, un comportamiento anodino puede bastar para que un hombre considere que se ha mancillado el honor de la familia. Para recuperar su honorabilidad se castiga, se quema, se mutila, se lapida y se mata. Madre, esposa, hija o hermana, ninguna está a salvo. Las mujeres pakistaníes viven con miedo. Sus comportamientos son vigilados. Si son considerados deshonrosos, simplemente por haber mantenido una supuesta relación ilícita, por haber querido casarse con un hombre libremente elegido o por haber querido divorciarse de un marido violento. Incluso una víctima de violación es considerada responsable y a veces asesinada por este motivo.
Estos delitos no están perseguidos por la ley y en los casos en que son perseguidos no son condenados.
En contraste, la mujer de Asia sudoriental ha gozado tradicionalmente de una condición social más elevada a causa del sistema bilateral de parentesco, en virtud del cual la linea de descendencia de una persona se transmite por ambos progenitores, lo cual se ve reforzado por una amplia disponibilidad de tierras agrícolas, y la facultad de decidir sobre los bienes y la tierra.
En Filipinas, en un estudio de un grupo de campesinos, realizado en 1.985, puso de manifiesto que la división del trabajo por sexos no era rígida. En las zonas de cultivo de arroz, las mujeres se encargaban de la plantación, el transplante, el deshierbe y la recolección, a la vez que los hombres preparaban la tierra y se ocupaban de trabajos mecanizados, aplicando fertilizantes y productos químicos. No obstante, cuando las mujeres estaban fuera del hogar, los hombres cocinaban, eliminaban malezas y transplantaban el arroz.
En Banglasesh, y en notable contraste, la tradición islámica ha mantenido hasta fecha reciente a la mujer confinada en el hogar. Solamente las mujeres de familias más pobres iban al campo. Pero cuando esto ocurre, los hombres consideran que han perdido estima en la sociedad y las mujeres reaccionan trabajando de forma discreta, tratando de ocultar sus ingresos y ahorrando todo lo que pueden para atender las necesidades de la familia o la educación de los hijos.
En la India hinduista las mujeres son miembros activos de la fuerza de trabajo. Especialmente en los estados meridionales y orientales, entre las castas más pobres y en las zonas tribales, la mujer desempeña un importante papel como trabajadora agrícola. Recibe invariablemente una remuneración menor y es más probable que se prescinda de sus servicios antes que los del varón.
En los casos de las familias pobres, como hemos visto anteriormente los ingresos de la mujer representan un elemento importante de supervivencia. Las mujeres gastan casi todo lo que ganan en la familia, mientras que los hombres retienen una parte significativa para su propio uso.
En cualquier caso, sean cuales fueren las diferencias entre las distintas regiones y culturas, en casi todos los países en desarrollo de Asia la mujer desempeña la función más importante en lo tocante a producir alimentos para la familia. La mujer se encuentra, pues, em el centro mismo de la revolución agrícola, llamada también revolución verde, que se basa en una política de intensificación de la producción alimentaria a través del desarrollo de híbridos, que requieren gran cantidad de agua, uso de fertilizantes y mecanización.
La mayoría de los estudios realizados ponen de manifiesto que la mujer está sufriendo un retroceso desproporcionado en las parte de la economía agraria donde la revolución verde está más avanzada y donde se registrans grandes cambios en la producción. Se la relega a las tareas de mayor exigencia de mano de obra, o, como sucede en Filipinas y la India se prescinde totalmente de ella.
En zonas tecnológicamente más avanzadas de la India, como el Punjab, donde la evolución técnica ha tenido lugar a un ritmo rápido, se han introducido a gran escala tractores, trilladoras y cosechadoras. Ello reduce la necesidad de mano de obra femenina en muchas actividades y los pocos trabajos existentes los suelen realizar los hombres.
Tradicionalmente, en toda Asia los hombres emigran a las ciudades durante breves períodos de tiempo para complementar los ingresos de la familia. Hoy en día, especialmente en el Asia sudoriental, el número de mujeres jóvenes que abandonan su hogar en el medio rural es mayor que el de los varones, y con frecuencia su ausencia dura varios años.
En Malasia, trabajan en industrias de gran densidad de mano de obra, por lo común, en talleres de montaje de alta tecnología, que son propiedad de grandes multinacionales extranjeras.
En Tailandia, no sólo se registra en general la misma tendencia que en Malasia, sino que existe un próspero sector relacionado con el turismo que, hasta que se produjo la epidemia del SIDA, mostró un apetito insaciable por empleadas de clubes nocturnos, masajistas y prostitutas, estas últimas jóvenes cada vez más niñas.
En los últimos cincuenta años, la mayoría de las sociedades de Asia han llevado a cabo importantes programas de reforma destinados a mejorar la situación de los pobres, redistribuir las escasas tierras e impulsar la emancipación de la mujer. En la práctica, sin embargo, los progresos tangibles y efectivos son lentos en todos los frentes.
En particular, es arduo difícil el proceso de dar a la mujer el control efectivo de su propia vida y del modo de ganarse el sustento. La única excepción notable es China.
Aún cuando a muchos observadores las reformas de la sociedad china llevadas a cabo durante el régimen de Mao les parecían demasiado drásticas, invadiendo incluso el sistema de relaciones familiares y haciendo caso omiso del concepto de libertad individual, es innegable que hicieron una importante contribución a la emancipación de la mujer.
La reorganización de la economía rural en China comenzó en el 49 y se realizó por etapas durante el decenio siguiente. En primer lugar, destruyó el sistema existente de los propietarios de tierras y después colectivizó los campos y granjas y estableciron comunas como unidades de producción, distribución y consumo.
En el decenio de 1.950, y como parte del movimiento de reforma, se promulgó la ley sobre el matrimonio, que estableció la libre elección de cónyuge y la monogamia y cambió las modalidades de herencia y la custodia de los hijos a favor de la mujer.
Tras la muerte de Mao se desmantelaron las comunas y se introdujo la iniciativa privada. A pesar de todo la mujer rural se encuentra, tanto moral como políticamente mejor que en el 49 y es claro que en el país se ha producido una evolución significativa hacia la igualdad, aunque todavía queda mucho por hacer.
El mayor error y también el más común de los gobiernos y de organismos gubernamentales es que parten del supuesto de que es el hombre el que sostiene a la familia, en tanto que, en realidad, se trata habitualemnte de uan actividad conjunta de la pareja.
Por otra parte, se sigue aplicando el rígido criterio de adjudicación de las tierras a los hombres cabeza de familia, quedando excluidas las mujeres de la nueva situación.
En parte como reacción a las deficiencias de los programas oficiales, en la India se ha logrado con éxito sobre todo en lo relativo a poner en marcha actividades no gubernamentales para promover el adelanto de la mujer. En todo el país se despliegan intensos esfuerzos para movilizar a las mujeres pobres a fin de que sean más activas, más exigentes y más productivas. Organizados con frecuencia en torno a un núcleo de activistas instruidas de clase media, los grupos voluntarios trabajan a nivel de base y estimulan a las mujeres menos afortunadas a que mejoren el abastecimiento de agua y electricidad, a que traten de lograr mejores salarios y condiciones de trabajo o a que se establezcan por cuenta propia.
De esta forma, las mujeres desprovistas de tierra o que son trabajadoras autónomas, en los niveles más bajos de la escala de ingresos, han encontrado la motivación, el estímulo y los medios para luchar a fin de mejorar cambios, han producido un efecto visible en cuanto a modificar la actitud de los funcionarios públicos de la adminitración local: se ha concedido crédito, se han mejorado las condiciones de trabajo, se les ha prestado asesoramiento y se ha fomentado la participación.

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jueves, 11 de marzo de 2010
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